El partido perfecto por Manel Estiarte 7ª Parte

Tres prórrogas a doble tiempo

A cuatro segundos del final, nos metieron un gol. No fue por esto; no fue porque Jesús no paró, no fue porque alguien falló un tiro… pero, qué queréis, aún me arrepiento de no haber atendido a mi corazón. Me defiendo diciéndome: “Fui disciplinado, convencí al equipo y el equipo me siguió, hubiera podido salir bien” (¡pero tampoco tengo certeza de lo contrario!). Pero yo sé que no nos hubieran metido el gol.

Volvemos a estar tocados. Final de las dos partes de la primera prórroga. Nos queda afrontar la segunda. Volvemos a estar empatados. El partido sigue siendo perfecto; qué partido tan perfecto, en el que te adelantas por un penalti y ellos te vuelven a empatar a falta de cuatro segundos. Y más. Si el público no hubiera sido mayoritariamente español, es decir, si se hubiera podido apartar la dimensión emocional de la competitiva, la gradería hubiera sido un festival de waterpolo puro: que partidazo…

Un codazo de más

Estamos en la entre-prórroga. Cambiamos de campo y los entrenadores se cruzan también. Tienen todo el espacio del mundo para pasar de un lado a otro del campo. Nuestro entrenador, sin embargo, se acerca al contrario y como sin querer le endilga un codazo. No nos engañemos, el entrenador de los italianos es como el nuestro, al fin y al cabo uno es croata y el otro, serbio, tal para cual. Repito: más que nosotros, nadie se había preparado, para más que ellos, tampoco; ellos eran muy buenos, no más que nosotros, pero sí como nosotros.

No necesitábamos un codazo en los banquillos, como tampoco habíamos necesitado insultos en el túnel oscuro. Ya estábamos en tensión suficiente, ya estábamos a tope, no era necesario provocar más, porque él lo hizo para provocar, para mantener la tensión, siguiendo su propia táctica. Ciertamente, esto no influyó en el resultado del partido, pero tampoco fue un gesto inocente, ni siquiera inconsciente, conozco muy bien a este mister y sé que lo hizo para levantar más chispas.

¿Chispas? ¡Pero si estábamos en pleno incendio! ¡Si ya nos estábamos matando por ti, entrenador, por vosotros, padres, por el público! ¡ Si seríamos capaces de dar la vida por esta victoria! Si alguien nos pudiera ofrecer la victoria al precio de un año de enfermedad, hubiéramos firmado todos sin dudarlo ni un instante… No hacía ninguna falta provocar de aquella manera.

Es imaginable lo que ocurrió entonces: el otro entrenador también creyó que una tangana podía favorecer a su equipo, se giró y se liaron ellos dos. A continuación lo hicieron ambos banquillos, y nosotros, que salimos del agua en tromba más a defender a los nuestros que a separar a los contendientes… No pasó nada más, no hubo mayores agresiones físicas, los árbitros solucionaron inmediatamente la trifulca.

¡El partido perfecto! Tensión dentro y fuera de la piscina, episodio incluido no influyente, ciertamente, pero episodio al fin: espectáculo al completo.

Pero seguimos empatados y vamos a por la tercera prórroga de dos partes de tres minutos. Empatamos la primera. Estamos acabados, muertos, todos; hay menos goles porque el cansancio puede con los dos equipos. Claro que el fallo también puede ser debido al cansancio, pero es que aquí no falla nadie, ni ellos ni nosotros; por el cansancio hemos perdido algo de fuerza en el tiro, los sprints son menos rápidos, pero nuestra capacidad de tensión defensiva no ha decrecido y nadie encuentra la manera de meter un gol.

Segunda parte de la tercera prórroga. Sigue el empate y cuando falta un minuto o un minuto y medio, una jugada tonta, no había peligro alguno, nos hemos despistado, no tiene importancia por culpa de quién o por qué causa, nos hemos despistado. No les hemos regalado el gol, sino tan sólo una posibilidad de realizarlo. Y ellos son tan buenos que aprovechan la mera posibilidad y la convierten en gol.

Ha habido un cambio muy inteligente, el famoso Campagna tiene el mérito de hacer un paso muy inteligente, nosotros tenemos un instante de distracción, ellos han estado muy atentos y han de ser muy buenos: uno tiene que hacer el pase bien, el otro tiene que recibirlo muy bien también, que no es poco, ha de meterle un gol al mismísimo Jesús, desde muy cerca, pero le ha de meter el gol. Lo hicieron muy bien y volvieron a ser campeones olímpicos. Sólo pudimos hacer un ataque a falta de cuatro segundos, Miki Oca realizó un tiro fantástico y la pelota dio al palo y cayó al agua: palo y agua.

Palo y agua es deporte, es fuera, no es gol.

No somos campeones olímpicos. Han ganado ellos, se lo han merecido, no hay excusas.

Nosotros: para nosotros, un diez, el privilegio de haber participado en el mejor partido de la historia del waterpolo en una final olímpica. No ha habido otro partido mejor que éste.
Nosotros: reconocer que los italianos han estado a la altura en carácter, en capacidad, en calidad, en fuerza…
Nosotros: hemos perdido.

(pág 48-52)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
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