El partido perfecto por Manel Estiarte 6ª Parte

Cuarenta y dos segundos de gloria

Estamos agotando esos tres minutos de prórroga. Quedan cuarenta y dos segundos. Penalti a favor.

El corazón se me detuvo. Está claro que no miré para atrás por si había algún jugador que quisiera tirar el penalti. Yo había fallado ya uno. Pero estaba claro para mí que el equipo quería que yo tirara ese penalti. Lo tenía que tirar yo, siempre había sido así. Había fallado muchos a lo largo de mi carrera y en ese mismo partido, en la segunda parte de una final olímpica, también había fallado uno. Pero no había discusión.

Yo tenía que cargar con esta responsabilidad. Quizás en otras ocasiones de mi vida me había librado, o tenía que haber compartido las oportunidades, otras veces tenía que haber sido más generoso y compartir muchas más cosas, y no estoy hablando exclusivamente de penaltis, sino de juego, de compartir y dar juego a los compañeros.

Este penalti no lo debo dejar para nadie más. Y no se trata de una cuestión de gloria, ni de prestigio, ni de vanidad, esto es lo último que me pasaría por la cabeza ahora. Soy el capitán del equipo y debo cargar yo con esta responsabilidad, no tengo que descargar este peso sobre los hombros de ningún compañero mío. Si marco, será normal; si fallo, será mi culpa: hay poco que ganar y mucho que perder. No puedo decir: “Oye, que yo ya he fallado uno: Chava, tíralo tú“; por supuesto, Chava hubiera ido, el madrileño Chava, con un par de… como los de él, no lo hubiera dudado ni un instante. Si se lo digo a Toto, ¡uau!

Pero el capitán no podía ni quería traspasarles esta responsabilidad. Cuarenta y dos segundos. El enorme marcador señalaba los restantes cuarenta y dos segundos de juego.

Mi ceja está sangrando y yo, solo. El punto de penalti se sitúa a cuatro metros de la portería. Estás solo frente al portero. Por norma, tus compañeros no pueden estar cerca; los contrarios tampoco, pero los italianos se saltaban una norma que no existía en el waterpolo italiano. Se acercaban a provocarme. Todos me conocían, algunos eran compañeros míos del Pescara. Me provocaban en italiano y yo les entendía muy bien:

– Manel, lo sbagli…
– Non hai le palle…
– Francesco te conosce e te la para…
– Oggi n´sbaglierai due…
O sea, más o menos:
Manel, lo fallas…
Francesco [su portero] te conoce bien y te la va a parar…
Hoy habrás fallado dos…
… El árbitro tuvo una actitud muy inteligente y pitó rápido para que las cosas no se complicaran. A veces los árbitros esperan a que todo el mundo esté en la posición reglamentaria y cada segundo que pasa es largo como un siglo, pero esa vez no; sólo dejó diez o quince segundos (que ya son una eternidad), pero en una situación normal podía haber pasado un minuto o más, y eso era precisamente lo que buscaban los italianos.

Cuarenta y dos segundos y éramos campeones olímpicos.

En el momento de tirar, el silencio se había adueñado de la piscina. Un segundo después, la piscina se vino abajo.Por primera vez en todo el partido, nosotros éramos campeones olímpicos. Esto es lo que tiene este deporte: en un segundo tienes el silencio, la emoción, los nervios del público, el miedo, la tensión, y en la segunda parte de este mismo segundo la gente explota, todo el público está en pie, te vuelves y ves a tus compañeros con los brazos levantados, te vuelves un poco más hacia la izquierda y en el banquillo están todos abrazándose, no miro a la grada porque no estoy por la labor, pero oigo cómo ruge.

Por primera vez en todo el partido (y ya llevábamos más de dos horas), éramos campeones olímpicos. Lo celebré un instante, porque no había tiempo para más, y así me liberé yo también de la tensión que había acumulado, porque había sido muy fuerte también lo que yo me acababa de jugar: Manel Estiarte, lo que decían ya de él, lo que era o no era, tenía que acertar el penalti y allí no había argumento posible. Y lo tiré (esto no lo sabe nadie todavía) al único lugar al que nunca había tirado un penalti en mi vida.

Nunca había tirado un penalti por arriba y a la derecha del portero; siempre lo había hecho hacia cualquier otro lugar. No tenía tiempo de pensar adónde tenía que tirar el balón para sorprender al portero, que me conocía muy bien, como me recordaban sus compañeros incordiándome. Me dije: “Lo tiro adonde no sé hacerlo” porque allí es seguro que el portero no se lo espera. Lo tiré mal, pero efectivamente al portero lo pillé totalmente desprevenido.

Tiempo después el propio portero me lo explicaba en Italia: “Es que era imposible que tú tiraras por allí, habíamos visto doscientos mil penaltis tuyos en vídeo y ni uno fue por allí“. Sin embargo, nada de esto tiene la menor importancia. Lo único importante es que el equipo, este equipo, mi equipo está a cuarenta y dos segundos de ser campeón olímpico.

A continuación ocurrió algo que explica que un partido no lo ganas o pierdes por un único detalle. No perdimos porque yo fallara un penalti, o porque Toto se distrajera en una jugada importante en defensa, o porque Chava estuviera aguantando una otitis como podía. No ganamos porque yo marqué el segundo penalti, o porque Chiqui Sans lo había provocado en un momento clave; fue a él a quien hicieron penalti, Chiqui Sans es un luchador, un tío con un carácter impresionante de lucha, de sacrificio; y en aquel momento, al cabo de seis partes, jugando en una posición muy dura, provocó un penalti de oro. O sea, no ganas ni pierdes por naderías, sino que ganas y pierdes por un conjunto de acontecimientos durante dos horas, y todo depende de tantas cosas: hay un equipo fantástico, que se llama Italia, y un equipo fantástico que se llama España.

Pero cuando me volví después del penalti y éramos campeones olímpicos, todo el equipo me estaba mirando; celebrando durante diez o doce segundos como mucho, porque no había tiempo que perder. No tienes tiempo para más.

Diez o doce segundos son, por lo menos, el tiempo que necesito para recorrer el espacio que media entre el punto de penalti y el centro del campo; allí había que sacar y defender. Si defendíamos una sola pelota, no dos o tres o cinco, no dos minutos o tres o veinte…, una pelota, si recuperábamos una sola pelota éramos campeones olímpicos. Quien repase la estadística de todos los partidos verá que recuperas entre seis y siete pelotas por cada gol que marcas. Es un porcentaje importante: si recuperamos una sola pelota, somos campeones olímpicos.

Lo que sigue, sucedió en cinco segundos.

Primer segundo.

El equipo sabe que somos campeones olímpicos y está celebrando el gol mientras me desplazo, Pero ¿por qué me están mirando a mí? ¿Por qué no se vuelven hacia el banquillo en espera de instrucciones? Es allí donde hay que decidir cómo defendemos esta última pelota.

Yo sí miro al banquillo. Si algo he aprendido en los muchos años de waterpolo que llevo encima es disciplina, respeto a la autoridad. El entrenador sale del banquillo y se dirige al centro del campo. ¿Por qué no llama a todos los jugadores? El entrenador me mira a mí y me dice: “Pressing, pressing, pressing. Hombre a hombre“. Lo que significa: cada uno al suyo sin contemplaciones.

El corazón se me partió en dos. ¿Por qué, por qué tuve esa sensación en mi corazón? ¿Por qué había algo en mi interior, una sensación que me duró cinco segundos? Yo tuve, y conservo, la capacidad de reducir a sensaciones instantáneas una serie de razonamientos que podrían ocupar un tiempo mucho más largo. Este fue mi principal don como jugador: yo poseía la capacidad de ver las cosas antes de que acontecieran: el compañero que se encuentra solo, lo que funcionará y lo que no saldrá bien; como jugador, no era perfecto: era pequeño, me faltaba fuerza física, pero esta facilidad, este don sí lo tenía, sin duda.

Segundo segundo.

 Comprendí que “Pressing“, no. No. No. Nunca. Nunca. Estamos ganando. Tenemos el mejor portero del mundo, no le meten gol ni por asomo. Me acordé del final de un entrenamiento reciente, dos días antes del inicio de los juegos, cuando el mister anunció: “Se ha terminado“, pero nos dio permiso para seguir un rato tirando al portero; nos quedamos Toto, Chava y yo, tres de los mejores lanzadores del equipo, a tirarle pelotas a Jesús; tirar significa los tres a la vez, con una sola pelota: nos la vamos pasando y lanzamos. Sin reglas, sin acuerdos, lo que significa que podemos amenazar, amagar, hacerte fintas las veces que queramos , podemos devolver la pelota a otra para que tire él o la devuelva a quien quiera, te vamos a volver loco, Jesús, no vas a parar ni una, ahora finto, la paso al otro, espero a que caigas para colocártela bien… No pudimos meterle ni un gol, yo al final lo quería matar, le arreé un pelotazo en la cara, no había manera; y encima él se coreaba de nosotros: “Qué estáis acabados, niñitas, que no tenéis…“. Si en media hora le colocamos cinco de ciento cincuenta tiros, ya es contar mucho.

No pressing, por tanto. Nunca. Con Jesús en la portería, no había que acudir al pressing.

¿Qué significa pressing? Que acabábamos de realizar un penalti y que probablemente el árbitro sería más riguroso con nosotros ahora. En waterpolo, con el pressing, aumentan las posibilidades de quedar en inferioridad numérica; con la zona, nosotros podríamos controlar a sus dos mejores jugadores, Campagna y Ferretti, y dejaríamos que los demás perdieran los cuarenta y dos segundos en intentos infructuosos: bajo la presión del momento, difícilmente acertarían a marcar.

Esto que es tan fácil de decir ahora, es lo que me decía el corazón en el segundo segundo.

Tercer segundo.

El entrenador repite a todo el equipo lo que me acaba de ordenar a mí: “Pressing, pressing, pressing“. Y el equipo, que ya tiene una gran experiencia, lee lo mismo que yo y se vuelven todos hacia mí, no hacia él; están dudando.

Cuarto segundo.

He aprendido una cosa en el deporte, y sigo pensando que es válida: en el deporte he aprendido la práctica, la intensidad. Con este entrenador aprendí mucho de esto: el noventa por ciento de trabajo consistía en transmitir intensidad, siempre al máximo, sin pensar en nada más, defender-defender-defender, atacar-atacar-atacar, siempre con la máxima intensidad.

Con este entrenador y con esta manera nuestra de jugar con tanta agresividad, había aprendido que por más que en aquel momento la táctica de ataque o de defensa (sobre todo de defensa) no fuera la adecuada, si la realizábamos al cien por ciento de agresividad e intensidad, con la máxima convicción de que era lo que debíamos hacer, entonces el error que estaba cometiendo el entrenador no sería tan comprometedor. A ver si me explico bien: esto no es lo mejor que se podría hacer, pero si lo hacemos, hagámoslo a tope.

Quinto segundo. 

Así pues, yo tenía dos posibilidades: o seguir al entrenador por disciplina, o decirle que no, que se estaba equivocando, y dar mis propias órdenes al equipo con la seguridad de que éste seguiría mis instrucciones y no las de él. Me vuelvo al equipo y grito: “Pressing, hombre a hombre”. Y el equipo, automáticamente se pone en marcha: me siguen, creen en mí.

(pág 39-48)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
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