El partido perfecto por Manel Estiarte 5ª Parte

Ha empezado el partido

Perdemos por 1-0.
Perdemos por 2-0.
Nos miramos, nos gritamos, nos abroncamos, nos decimos: “¿Qué esta pasando?“, nos preocupamos.
No nos estamos hundiendo.
No hace falta entrar en cada detalle del partido, porque es waterpolo químicamente puro, es deporte puro, y esto significa que de 2-0 pasamos a 2-1, de 2-1 a 3-1, 4-1, perdiendo… Significa que estábamos perdiendo el partido, que se nos escapaba, pero no nos hundimos. Un partido que remontamos.

Un partido en el que conseguimos meternos gracias al esfuerzo de Toto, Jesús y Miki, quienes nos empujaban; no había manera de llegar adentro, no había manera de marcar goles fáciles, de modo que ellos los clavaron desde el exterior del área.

A estas alturas ya no me interesa rememorar que táctica empleamos en qué momento del partido, y no creo que le interese a nadie. Pero era deporte puro, duro, dureza, golpes, sangre. a mí me partieron la ceja. Hoy en cualquier deporte, si sangras tienes que abandonar de inmediato el terreno de juego. En el 92, esta norma todavía no existía, de modo que, si te hacías daño, esperabas a que terminara el tiempo, o el partido, y en paz.

Aquel partido lo tenía todo. Perdíamos, remontábamos, se nos escapaba, empatábamos. En la segunda parte fallé un penalti.

El público no nos abandonó, estaba con nosotros. El partido de waterpolo se compone de cuatro partes fueron cuatro partes increíbles. Y empatamos.

El partido perfecto. Obviamente, para los que estamos en el agua, el partido perfecto es el que se gana pero para quien lo contempla desde fuera, el partido perfecto es el que se empata: si los dos equipos son iguales de buenos, lo lógico es el empate. Y nosotros éramos buenos, los dos equipos éramos muy buenos.

Los italianos jugaban con una gran serenidad; los italianos saben jugar. Lo mejor de los italianos es que, cuando compiten en un deporte colectivo, tienen un algo que los hace especiales, y nos hicieron frente a la perfección. Jugaron muy bien. No se atemorizaron, se colocaron por delante, aguantaron los resultados, aguantaron provocaciones, con espíritu y carácter, con agresiones…

Como nosotros. Nosotros no éramos víctimas. Nosotros también agarrábamos, pegábamos, empujábamos, recuperábamos, remontábamos. Nadie, ningún equipo hubiera podido recuperar este partido; nosotros lo hicimos.

Aquel partido lo tuvo todo.
Empatamos y aquí estamos, y ellos también, dando la cara, también nosotros.

¿Alguien de nosotros, la víspera, había pensado en la posibilidad de empatar? ¿Lo había pensado alguien en el túnel de los chasquidos de las chancletas? ¿Existía realmente esta posibilidad tanto para los italianos como para nosotros? Yo creo que nadie. Uno había pensado: “Si gano, iré a darle un beso a no sé quién“, y el otro: “Si pierdo, me esconderé”… Pero, ¿empatar?” Yo no recuerdo a nadie que hubiera preguntado: “Joder, ¿y si empatáramos…?“.

Las normas, en aquella época, eran que, en caso de empate, se jugaban dos prórrogas enteras (de tres minutos cada una) que había que completar tanto si alguien iba ganando como si seguía el empate. Estamos hablando de tres minutos de tiempo activo de modo que en las incidencias, tantas, etc., el reloj se detenía. No era mucho, aunque con las interrupciones pudiera parecerlo, de modo que recibir un gol en este tiempo siempre resultaba sumamente delicado, porque apenas quedaba margen para recuperarse.

Los dos tiempos de la primera prórroga fueron los más importantes. Esto es lo que pasó en ellos: 0-0 la primera, más de lo mismo. Nuestro entrenador no era persona de grandes ni pequeños cambios tácticos; era un entrenador de “Venga, venga, venga; presión, presión, presión“. Pressing o zona. Pero quienes nos animábamos mutuamente éramos nosotros mismos.

Estábamos muy cansados. Ellos también. Humanamente, una competición olímpica supone un esfuerzo tan grande, que cuando llegas al final de un partido como éste, normalmente ya estás más muerto que vivo pero ahora, con el empate, teníamos que continuar con la misma presión y jugándonos lo mismo que si no hubiéramos hecho nada en todo el partido: la medalla de oro, la victoria, el sueño realizado. Por allí estábamos. Nadie en ningún momento del partido dijo “Ya no puedo más“. Era imposible: todos estábamos allí hasta la muerte, todos estábamos convencidos.

(pág 35-38)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 2ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 3ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 4ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 6ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 7ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí

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