El partido perfecto por Manel Estiarte 4ª Parte

El ruido

Los árbitros se vuelven hacia nosotros y nos dicen: “OK“, y sí, estamos preparados, y nos ponemos en marcha en silencio. Este silencio no es normal en nosotros, nuestro equipo es de los de “Venga, vamos” y una palmada, pero este partido no es como los demás y lo anuncia este silencio.

Recuerdo perfectamente que en la piscina de calentamiento había ruidos: gente de la organización, ideas y venidas, y demás, pero en el momento en que nos ponemos en formación, descendemos las escaleras y enfilamos el túnel que nos ha de llevar a la piscina, el silencio lo ha llenado todo, no hay más gente de la organización que los discretos voluntarios que nos preceden, no se oye más que un ligero rumor procedente de las graderías de un público tranquilo que no nos ve y no está aclamando a nadie.

Un silencio total. Me acuerdo del color de las paredes, de las gotas de humedad pendiendo de los baldosines, de la penumbra  del túnel, pero, sobre todo, del ruido de nuestras chancletas. El waterpolista va a la batalla con un gorro, que es obligatorio, un albornoz con el que se cubre, el bañador y las chancletas de agua.

El ruido de las chancletas no lo percibes nunca porque, siempre que las llevas, estás entre muchos otros ruidos, pero si las llevas puestas en un lugar quieto, las oyes. Ese día, al cabo de años y años de práctica del waterpolo, yo percibí el chasquido de las chancletas. Atravesábamos el silencio del túnel en el que sólo resonaba el clac-clac-clac de veintiséis pares de chancletas correspondientes a los treces jugadores de cada equipo.

Era el impresionante ruido de los gladiadores cuando van a la lucha, el de los deportistas, qué caramba: era nuestro propio ruido acercándonos al campo de batalla. Todo lo demás era silencio, todo lo demás era silencio. Y cuando llegábamos al cabo de este túnel eterno y que a pesar de serlo yo quería que durara otros tres kilómetros porque tenía miedo escénico, ya me encontraba bien allí, aquello era cupo, como llaman los italianos a un lugar sombreado, ya no quería seguir adelante porque no sabía qué nos esperaba ahí fuera. Y las chancletas clac-clac-clac resonando.

El árbitro nos detiene. El túnel tuerce hacia la derecha, donde suponemos que está la puerta final porque de allí procede la luz deslumbrante de la tarde de agosto y el rumor del público que espera. El tiempo se alarga inmensamente, mientras los voluntarios deben de estar esperando una señal del exterior que les indique que debemos reanudar la marcha.

Este momento: diez o quince segundos eternos de silencio antes de que pasara algo que tengo clavado aquí dentro para siempre. Estamos esperando, hemos calentado, estamos bien, tenemos miedo, claro que tenemos miedo, es normal, yo no me creo esa tontería de que el equipo no ha de tener miedo, claro que ha de tener el equipo, el miedo no te debe echar para atrás, pero tú debes asumir tu miedo, has de respetarlo, has de ser responsable, al miedo hay que hacerle frente con valentía, con convencimiento, y jugarás con todas tus capacidades.

En este momento,
¡Vamos, coño, vamos, vamos a comernos a estos comepizzas!
No. No. No. No.
¡Vamos, coño, vamos, vamos a comernos a estos comepizzas, estos cabrones!
No. No. No. No. Esto no. No hay que hacer esto.
Estábamos tan tensos que alguien de nuestro equipo, para motivarnos a nosotros, sus compañeros, porque aquel túnel había sido tan duro, tan hermoso, tan silencioso, temió que nos quedáramos dormidos. No comprendió que era imposible que alguien se quedara dormido antes de un partido como aquél.

¡Vamos, venga, venga!” -empezó a gritar.
Fue como si se le hubiera disparado un automatismo. Este jugador nunca pretendió faltarle el respeto al otro equipo, sino que exclusivamente pretendía animo a su equipo. Y fue como iniciar una cadena. En cuando dijo: “¡Vamos!“, el jugador que le precedía empezó también: “¡Venga, sí, vamos!“, y otro: “¡Sí, coño, sí, a por estos cabrones!“, y hete aquí que trece tíos en fila empezaron a volverse y a gritar con palabras más o menos libres, más o menos contenidas, más o menos ofensivas, cada uno a su manera, más o menos irrespetuosos para con el contrincante. Yo también me añadí. Era inevitable. Es que explotas. Bajo la presión a la que te encuentras, explotas.

No. No. No, no, no, no, no, no.
¿Por qué los italianos no nos hicieron lo mismo?
Lo pensé entonces: “¿Por qué no nos contestan?”.
Permanecieron mudos. Sólo nos miraban.
¿A qué venia provocarles más? ¿Para qué darles algo, darles pie a algo? No le des nada a tu rival; tú ni ganas ni pierdes faltándole al respeto a un contrario; al revés, le das pie a él para que se levante con más fuerza.

Ellos o lo tenían muy claro o también tenían mucho miedo. Su silencio demostraba que estaban muy seguros de sí mismos, pero también podía ser un indicador de que simplemente nos estaban estudiando, pero ¿por qué darles motivos para que nos desprecien, o se encabriten más con nosotros?.

Yo a los italianos les conocía bien; para la Olimpíada de Barcelona ya llevaba ocho temporadas jugando en equipos italianos. En aquella selección a la que nos íbamos a enfrentar había cuatro compañeros míos del equipo italiano; a los demás los conocía a todos porque jugaba en su liga profesional, durante ocho temporadas había jugado con ellos y contra ellos. Una escena como aquélla no la habían representado nunca los italianos ni yugoslavos, pero nosotros explotamos: “Venga, vamos, vamos“. Y en nuestro momento de la máxima euforia, de la máxima agresividad y la adrenalina subida al tope, ellos callados: ni un solo gesto de menosprecio, ni un amago de contestación, porque entendían perfectamente lo que estábamos diciendo: nada.

Ellos, callados: ¿autoridad, seguridad, miedo? Repito que no lo sé.
En aquel momento, el árbitro se vuelve hacia nosotros y nos dice: “Are you ready?“.
Entonces… Es inexplicable. Hay jugadores de fútbol que lo viven cada fin de semana, hay gente que por su trabajo lo vive con frecuencia, nosotros lo vivimos en aquel momento: la sensación que percibes antes de penetrar en un estadio (en este caso, la piscina) en el que el público es todo tuyo (excepto una parte perfectamente identificable de los seguidores del contrario) porque el suelo que pisas es el suelo de tu casa y la gente que te espera es tu propia gente.

En el momento en que cruzas la gran puerta que está al final del túnel, a la derecha, tu campo de visión va de menos a más. Ves la luz, te acercas a ella, penetras en ella, y automáticamente, a cada paso que das ves un nuevo plano más amplio: lo primero que ves es el agua, un gran primer plano de agua que se abre hasta la gradería, vas viendo grada sobre grada ampliándose.

Has cruzado la puerta y te ves rodeado por dieciocho mil personas que, en cuanto te ven, levantan un clamor. Fue un momento fantástico, el momento que nos merecíamos porque nos habíamos preparado, que esperábamos; ese momento en que experimentas que se te ha puesto todo el cuerpo en carne de gallina, el momento en que te dices: “Hostia, qué bueno eres, qué buenos somos y cómo nos quiere la gente”. Ya no pensábamos en los italianos, ya no teníamos miedo.

Y ya quieres empezar, ya quieres que tu contrario se pique, marcar goles, ayudar al compañero, que el equipo funcione.
Ya está.

(pág 29-35)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 2ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 3ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 5ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 6ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 7ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s