El partido perfecto por Manel Estiarte 3ª Parte

Este partido distinto de todos los demás

No era, pues, un partido como los demás, hay que insistir en esto. no era un partido como los demás, no lo era. Era mejor, era más grande, era más hermoso, tenía una mayor plenitud…, y nos habíamos preparado mucho para él. Habíamos luchado mucho, habíamos llorado mucho, habíamos sufrido mucho, habíamos disfrutado mucho.

Yo estoy convencido de que ningún equipo, ninguno, se había preparado más que nosotros; lo digo con el mayor orgullo. Puedo conceder a duras penas, y para ser humilde, que algún equipo se hubiera podido preparar igual que nosotros; igual quizás sí, pero más no, no me lo creo, que me lo demuestren. No sufrieron como lo hicimos nosotros. Un entrenador nuevo que nos llevaba desde hacía dos años, con unas extralimitaciones, con una dureza, con una intensidad, con un más, más, más, más, de acabar locos.

El calentamiento previo al partido sí que fue como todos los demás. Los calentamientos se ejecutaban en una piscina cubierta adjunta a la principal, situada en un estrato mas alto y separada de ésta por unas escaleras y un largo túnel umbrío. Teníamos a nuestros rivales italianos al lado. En waterpolo siempre se procede así: la piscina de calentamiento se divide en dos y cada equipo dispone de su propia mitad. En cada extremo hay una portería y la sesión dura, normalmente, media hora aproximadamente.

Recuerdo detalles, y veo que este calentamiento sí fue como todos los demás. Me tiré al agua como me tiro siempre, nadé como lo he hecho siempre, los ejercicios fueron más o menos los de siempre, algo muy automático. Se forman los grupos, unos empiezan calentando los brazos lanzando balones al portero mientras otros calientan realizando sprints, otros mediante pases, todos se van moviendo en el espacio destinado al propio equipo. La mecánica era la misma de siempre, las sensaciones, no. Aquella sensación de que faltaba menos, cada vez faltaba menos para llegar, faltaba menos para que empiece, falta menos…

Hubo otras cosas que también sucedieron como siempre y en todos los partidos: Jesús y yo encontrándonos en los lavabos, por ejemplo, teníamos que vomitar. Siempre, en todas las competiciones, a Jesús y a mí la tensión previa nos provocaba náuseas; algunas veces lo habíamos intentado controlar pero todavía era peor, porque entonces vomitábamos donde no teníamos que hacerlo. De modo que, antes o después del calentamiento, nos encontrábamos Jesús y yo en los lavabos resolviendo nuestras propias arcadas las más de las veces infructuosas porque habíamos comido poco o nada.

Era algo natural, ya no entraba en la cuenta si uno se encontraba bien o mal, sucedía siempre, como a otros les urgían otras necesidades. Era nuestro modo de desahogar la tensión previa al partido, cualquiera que fuera su importancia.

Como siempre también, los árbitros nos llamaron a mí como capitán y al capitán del equipo italiano para cumplir con el ritual de advertirnos que jugáramos bien, que controláramos el comportamiento del equipo, etcétera, etcétera. Y nos pusimos en formación.

Mis recuerdos son siempre en color o en blanco y negro. No podría decir si el calentamiento había sido en color, si el entorno era oscuro o verde, o de qué color. Pero la formación sí la veo clara, a partir de aquí si recuerdo todos los detalles.

Los dos voluntarios de la organización de los juegos nos preceden con las banderas italiana y española preparadas; nosotros ya nos hemos embutido en los albornoces. Descendemos por unas escaleras que nos han de conducir a la piscina oficial donde jugaremos la final de los Juegos Olímpicos, y en la que nos esperaba la gente a la que nosotros todavía no hemos visto.

Se había jugado la competición por los puestos tercero y cuarto, habíamos escuchado el rumor del público y los pitidos arbitrales que resonaban, pero no habíamos visto nada.

Ya no hay marcha atrás, ya hemos hecho el calentamiento, ya no queda nada más que hacer. Cuando estás en una tensión como éste siempre piensas: “Bueno, aún queda un día, aún queda una mañana, aún queda el traslado a la final en el autobús, aún queda el calentamiento para soltarte, aún me queda el último toque, aún queda…“, o piensas… No. Ya no hay marcha atrás. El momento ha llegado, ya no puedes escapar. Ni lo quieres, por supuesto; estamos tan contentos, tan nerviosos, tan convencidos de que ésta es nuestra oportunidad y de que vamos a enfrentarnos a ella…

Estamos aquí, en formación. Hay quien lleva el albornoz cuidadosamente abrochado y quien lo lleva como colgando de un perchero. Detrás de los voluntarios van los dos árbitros, detrás de cada uno de ellos, el capitán de cada equipo y detrás, en hilera, el resto de jugadores.

(pág 25-26-27-28)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
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