El partido perfecto por Manel Estiarte 2ª Parte

La tensión de la espera

Estamos en la víspera. Estamos en la Villa Olímpica de la que nuestro entrenador croata no nos permite salir bajo ningún concepto; tanto, que ignoramos por completo el ambiente olímpico de la ciudad; sólo conocemos lo que nos cuentan, fascinados, los compañeros de otras disciplinas deportivas.

Hasta hoy, sólo hemos salido de la Villa Olímpica de la Mar Bella para ir a entrenar a la piscina, en Montjuic. Nos recoge un autobús en el interior de la Villa, nos deja en la piscina, allí nos vuelve a recoger y nos devuelve al punto de origen, sin ninguna parada intermedia. Sin ningún permiso para nadie. Forma parte de una salvaje disciplina de sufrimiento físico y espiritual que nos impone nuestro entrenador.

Estamos, pues, en la víspera. Mañana se clausuran los juegos. La última competición de equipo es nuestra final de waterpolo; cuando haya concluido y se hayan puesto las medallas a los vencedores (nosotros en primer ligar, o en segundo), empezarán a llegar al estadio los primeros atletas de la maratón y, a continuación, se celebrará la ceremonia de clausura.

Seremos el último equipo competidor de los juegos de la Olimpíada que se ha celebrado en casa.

Llegan desde la calle los gritos alborozados de los seguidores del fútbol, España ha ganado la medalla de oro y hay celebraciones por todas partes. En nuestra reunión, uno apunta que quizás mañana también nosotros estaremos así, otro le manda callar “porque trae mala suerte”.

Éramos muy supersticiosos, estábamos tensos.

Fue una larga noche.

Hubo quien se encerró en su habitación pensando en el partido del día siguiente, quien se quedó charlando… Nuestros apartamentos tenían cinco habitaciones dobles, de moro que en cada uno de los vivían diez o doce miembros del equipo. Es decir, prácticamente vivíamos todos juntos.

Yo me quedé en el salón, hablando. Sonábamos. Lo que me pasaba a mí era lo mismo que les ocurría a todos los demás: soñábamos con los ojos abiertos, soñábamos en silencio cómo teníamos que jugar, qué pasaría si ganábamos, cómo íbamos a celebrar nuestra victoria.

¿La posibilidad de perder? En deporte esta posibilidad siempre es real, siempre está presente, no soñábamos con ella, pero la teníamos presente. Estaba allí como una sombra.

Pero es que habíamos hecho unos Juegos Olímpicos tan espectaculares, no habíamos perdido ningún partido, sólo habíamos empatado uno, siempre habíamos tenido la piscina llena de nuestro público. Lo habíamos ganado todo, no fácilmente porque decir esto sería faltar al respeto a nuestros adversarios, sino todo lo contrario: habíamos ganado bien, convencidos. Seis goles, cinco goles, tres goles…

Bien, no se podía decir que habíamos sufrido muchísimo. La semifinal contra Estados Unidos, que, como el nuestro, era un equipo claramente candidato a la medalla de oro, la ganamos por 6 a 4… Habíamos jugado como los ángeles, lo habíamos hecho convencidos…

Y estábamos por fin allí, la víspera del gran combate. Era el 8 de agosto, un día muy especial para mí porque es el cumpleaños, a la vez, de mi hija mayor y de mi hermano Albert. Era un día claro, luminoso y no muy agobiante de calor para esa fecha; era un día perfecto, aunque no para mí. Por motivos míos, una climatología así no era buena; sin embargo…

Estábamos en un sueño. Nos levantamos por la mañana, habiendo dormido poco, como un hato de nervios cada uno de nosotros, sin hambre para desayunar, ni para comer.

Mirabas a tu compañero y no hacía falta hablar porque estabas tenso, a punto de afrontar algo fantástico y terrible a la vez: en el fondo, lo que siempre habías soñado.

(pág 21-22-23-24)

todos mis hermanos manel estiarte

Extracto del libro “Todos mis hermanos“, Plataforma Editorial

Leer 1ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 3ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 4ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 5ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 6ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí
Leer 7ª parte “El partido perfecto” pinchando aquí

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