Mundial del Roma 1994 por Pedro García Aguado

El 94 fue el año uno de la era Joan Jané en la selección. Yo, con los precedentes que tenía con él y con mi historial, me vi fuera de la selección. Jané tenía memoria, estaba enterado de lo que pasaba y era exigente. De hecho, en el Barça ya se había cargado a algún jugador que se había enfrentado con él. Pero aquello era la selección, y Jané no tenia un pelo de tonto.

De waterpolo no era una eminencia, eso estaba claro, pero sí sabía que el grupo funcionaba bien con todas sus piezas, y que si tocaba algo, lo podía estropear, además de crear mal ambiente. Así que un día vino a hablar conmigo. “Olvidemos las cosas del pasado. Necesito que estés en el grupo“, me dijo. No obstante, yo estaba cada día a examen con él.

Como entrenador, fue menos osado que cuando nos entrenó de juveniles, pero, como todo técnico, quiso dejar su huella, hacerse notar. No lo hizo en la primera competición que, en teoría, dirigió: el Mundial de Roma de aquel mismo verano. Posiblemente por eso volvimos a la que hasta entonces era nuestra cima: otra plata.

Fue una competición en la que yo no me encontré a gusto. En el terreno personal, me acababa de casar y tuve que aplazar el viaje de novios para participar en aquel Mundial. Aún así, no estaba bien. No era lo feliz que habría sido cualquiera que estuviese en mi situación: recién casado y titular de una de las mejores selecciones de waterpolo del mundo.

De aquella competición me quedo con mi nuevo cambio de posición. Impulsado, más que por Jané, por las incorporaciones que iban llegando a la selección. Iván Moro se convirtió en el mejor defensor de boya con que podía contar España, y yo pasé a jugar de 2, a la izquierda, lógicamente un de las posiciones más difíciles para un diestro.

Una zona que te permite ver poca portería y te obliga a jugar para los demás. Tanto dando pases como amagando el lanzamiento y atrayendo rivales. Así que puedo decir que Roma 94 supuso para mí una reconversión como jugador. Un cambio de mentalidad que pude hacer sin dificultades gracias a los consejos de Manel, siempre acertados.

Aprendí que sólo debía lanzar desde allí si lo tenía muy claro y nunca debían pillarme al contraataque. Unas máximas que siempre seguí. A eso sumé mi experiencia como defensor de boya y contribuí mucho en la defensa de arco. Una defensa que por aquel entonces era atípica, ya que no me enganchaba enseguida al atacante que me tocaba cubrir por zona, sino que contribuía a la defensa cuando llegaba un rival por el centro del ataque.

Fue un esfuerzo que mis compañeros y muchos entrenadores supieron valorar. Aunque tenía mucho desgaste, ya que me pasaba el partido nadando de un lado a otro, y a veces no conseguía llegar adonde pretendía. Como siempre las, se veían más los errores que los aciertos, pero nadie pudo echar en cara nada, porque desde una nueva posición, que prácticamente inventaba yo, supe aportar más cosas al juego del equipo.

Di grandes pases y marqué muchos goles. No tantos como quería, pero tampoco me puedo quejar. Me encantaba probar nuevos lanzamientos, creo que hasta inventé un tipo de vaselina sobre el defensor y el portero escondiendo el balón y lanzándolo desde atrás, disparos con efecto que al rebotar en el agua descoloraban totalmente al portero… Sin querer ser pretencioso creo que me reinventé.

En aquella época fui el único 2 que se desgastaba y no se pasaba el partido esperando. Como siempre, necesitaba novedad, nuevos alicientes. Y, casualmente, aquel retoque táctico supuso para mí un cambio que necesitaba. Sin él, no sé qué habría hecho ni por dónde haría discurrido mi juego. Quizá se habría acabado antes. Aunque eso, con el tiempo, tendría su precio, y tanto lanzar desde esa posición me acabó costando una lesión de hombro.

No obstante, desde aquel campeonato empecé a notar que ni el waterpolo me llenaba. Como la droga, necesitaba más y más, pero siempre tenía la sensación de vacío y de insatisfacción. La adicción hacía estragos, y por más que hubiese pedido ayuda y le hubiese hecho caso al primer profesional que me atendió, yo seguía estando mal. Mi nueva vida en pareja no había resuelto el problema. Al contrario, poco a poco se convirtió para mí en una responsabilidad que fui incapaz de afrontar.

Pero es que ni la fiesta ni el waterpolo conseguían devolverme la tranquilidad y la felicidad. Al contrario, me iban desgastando poco a poco.

A aquellas sensaciones personales se sumaron las de una nueva derrota en la final. Y, para colmo, frente a los italianos, con un equipo más que exprimido, que había aguantado hasta entonces para despedirse de la competición en casa.

Serían unos vejestorios, pero no nos ganaron precisamente de poco: 15-5. Ya no era Matutinovic con sus entrenamientos y sus esquemas de juego. El problema éramos nosotros, nos habíamos convertido, por méritos propios, en unos perdedores. Muchos empezaron a desconfiar de aquel equipo indisciplinado y le pidieron cuentas a Jané.

(pág 95-96-97)

pedro-garcia-aguado

Extracto del libro “Mañana lo dejo” de Pedro Gª Aguado, Editorial Amat

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