Atlanta 96 por Pedro García Aguado

Después de la plata contra Italia en Barcelona 92 en una nueva gran final teníamos delante a Croacia. Ya no era Yugoslavia, pero se parecía mucho. Y con nuestro historial finalista… Eran unos años en que la figura del psicólogo empezaba a despuntar en algunos clubes de fútbol. Y a nosotros en aquel momento, quizá no nos habría venido mal.

Pero tuvimos que hacernos nuestra propia terapia. Después de tantos fiascos, teníamos que afrontar aquel partido sin ningún tipo de condicionantes ni psicosis. Era una final, era muy importante, pero no teníamos que dejarnos llevar por un exceso de responsabilidad que nos conduciría. de forma irremediable, al nerviosismo y a un nuevo y frustrante fracaso.

El planteamiento era ese, y con él fue como nos tiramos a la piscina. Pero los croatas empezaron marcándonos. Y, tras el primer gol, llegó el segundo. Y el tercero. Así que esa “autoterapia” se fue al carajo. Nos quedaba otra opción que reaccionar y remontar como se pudiera.

Recuerdo que crucé varias veces la mirada con Jesús y vi que le brillaba. Él, como yo, creía en la remontada y en la victoria. Pero la crucé con otros y me dije: “Ya está, otra final que perdemos“. Aquel era un código que tanto Jesús como yo habíamos conseguido descifrar. A menudo, con sólo mirar las caras de los rivales, sus miradas, ya sabíamos cómo iba a ir el partido. Puede parecer absurdo, pero a menudo, para nosotros, era una evidencia.

Quizá es que nos sugestionábamos de aquella manera. O quizá no. El caso es que en aquel partido, al ver la expresión de nuestros propios compañeros, Jesús también vio cómo estaban las cosas y se puso a gritar: “¡Venga, que vamos a ganar a estos cabrones!¡Vamos a por ellos!“. Imagino que ni os croatas ni los árbitros lo entendían. Y lo cierto es que aquellos gritos, aquella motivación psicológica de estar por casa que tan bien sabía explotar, fueron un auténtico revulsivo. Incluso para él, que a partir de ese momento tuvo unas intervenciones excelentes.

Tampoco era raro, y no sólo en aquel partido, oírle gritar: “¡Déjalo chutar, que está cagado!“. Y, efectivamente, el atacante lanzaba y Jesús se la paraba con facilidad. Su seguridad era una de las cosas que nos daba más confianza, y en aquella final fue crucial.

Entre sus paradas y algunos ataques nuestros bien resueltos conseguimos igualar el partido. El milagro era posible. Y ya no sólo nos lo creíamos Jesús y yo, porque las expresiones cambiaron. Si nosotros habíamos tenido las caras de perdedores, ahora eran los croatas quienes las tenían. Empezamos a jugar y a disfrutar. Yo, como un loco. A mí me tocó defender a un jugador grandísimo, y como sabía que me podía superar y quedarse solo antes Jesús, retrasé mi posición.

 De hecho, teníamos tanta confianza en Jesús, que nos permitimos plantear una defensa atrasada. Los dejábamos lanza incluso de cuatro metros, pero no conseguían marcar. Y nuestros contraataques resultaban mortíferos. Manel hizo un partido, metió varios goles en el momento adecuado y conseguimos dar la vuelta al marcador. No fue un hombre más, como en las otras finales, sino que destacó, y eso fue lo que nos hizo valedores de nuestro primer oro. Su actuación y, evidentemente, la de Jesús, que si siempre era determinante, aquella vez lo fue incluso más.

Aunque aquella victoria no se entendería sin el trabajo de equipo. Yo, que seguía jugando de 2, no paré de moverme en todo el partido contribuí al ataque creando situaciones de peligro y atrayendo a los defensores. Recuerdo que recibí palos por todos lados, aunque fueron los mejor recibidos en una Olimpiada. También tuve mi golito.

Vi que Miqui Oca iba a lanzar, su disparo dio en el larguero y , aunque me estaban agarrando por el cuello, pude estirar el brazo, alcanzar el balón y rematar. Entró, nos pusimos un gol por delante, luego Chiqui Sans marcó un gol antológico y estalló la apoteosis.

La sensación de sentirnos campeones olímpicos después de tantos años, tantas derrotas a última hora y después de haber sufrido tanta tensión antes de aquellos Juegos es inenarrable. Al revivirlo caos después, he llegado a la conclusión de que en aquel partido, como en tantos otros en que nos superamos y conseguimos la victoria, no hicimos sino asumir la responsabilidad que a cada uno nos correspondía y tomar la mejor decisión en el instante del partido en que nos tocaba hacerlo, primado no el juego personal, sino el del conjunto.

Cada uno asumió a la perfección el rol que había ido forjando en aquel equipo: Manel el gran director; Jesús, el “hecho diferencial”, el que nos animaba y, a su vez, desmoralizaba al rival con sus paradas; Chava fue la inteligencia y la frialdad; Sergi, el zurdo que necesitábamos desde hacía años; Chiqui, la pasión y la fuerza, Miqui, la insistencia, la rapidez y la efectividad desde el extremo, Iván Moro, la seguridad en la defensa; yo, sin querer pecar de modestia, me considero el ayudante. porque sabía lo que cada uno iba a hacer en cada momento y sabía dónde tenía que acudir. También estaban allí José María Abarca, Ángel Andreo, Dani Ballart, Jordi Payà, Carlos Sanz.

Unos más jóvenes, otros menos; unos con minutos de juego, otros no, cada uno estuvo de nosotros se hacía, pero que si se hace a su debido tiempo ninguno de nosotros se hacía, pero que si se hace a su debido tiempo supone la base más firme para configurar el mejor equipo, deportivo o laboral.

En aquel momento poco nos importa analizarnos. Nos convertimos en los reyes del mambo. Yendo completamente a nuestro aire, resolviendo nosotros mismos los problemas internos que se generaban en el grupo, aplicando nuestras propias estrategias en el agua, regulando los tiempos de entrenamientos y fiesta, habíamos conseguido ser campeones olímpicos. No creo que exista un modelo parecido en la alta competición, pero así es como éramos.

(pág 100-101-102)

pedro-garcia-aguado

Extracto del libro “Mañana lo dejo” de Pedro Gª Aguado, Editorial Amat

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