Barcelona 92 por Pedro García Aguado

Recuerdo la semifinal, frente a Estados Unidos, ya fue apoteósica. Fue un partido en el que disfruté como un loco y demostré fuerza e imaginación. Para redondearlo, marqué goles antológicos, de contraataque, de jugada… Todo fue alegría y celebración. En la piscina y fuera de ella. Pesa a que teníamos la experiencia de Perth y habíamos aprendido que los campeonatos no se ganan hasta que se juega la final, el ambiente de victoria que se vivía en la villa olímpica y en los medios resultaba contagioso.

Nos jugábamos el oro frente a Italia, una selección ya muy hecha, a la que conocíamos, pero con la que aún no nos habíamos jugado nada importante. La verdad es que nos daban más miedo nuestros propios errores, que tanto nos habían traicionado, y la responsabilidad de jugar en casa cuando todo el mundo daba por hecho nuestro oro, que el juego del Settebello, el apelativo de los mejores conjuntos italianos que aquel equipo ya se había ganado.

Ya habíamos jugado finales importantes, pero aquella lo era más. Era especial. Estábamos en casa y sabíamos que millones de personas tendrían puestos los ojos encima, que confiaban en nosotros. Tuve la suerte de vivir aquellas horas previas a la final junto a Jesús. Estábamos acostumbrados a compartir aquellos momentos, ya que casi en ninguna concentración a las que habíamos acudido los dos habíamos dejado de compartir habitación.

No podíamos dormir de los nervios, además cuando tratábamos de hacerlo, escuchamos llegar a los jugadores de la selección de fútbol. “¡Sí, sí, sí, el oro ya esta aquí!“, coreaban. Era precisamente lo que nos faltaba para relajarnos.

Afrontamos la gran final con sentimientos enfrentados: el miedo a un nuevo fracaso, acrecentado por la gran presión mediática y ambiental, y la confianza en nuestro juego y en la victoria. Creo que eso nos llevó a una euforia más fingida que real. En el túnel de vestuarios, antes de salir a la piscina y encontrarnos aquel ambientazo nos pusimos a gritar como locos: “¡Vamos a ganar! ¡Vamos a ganar!” Pero cuando un equipo tiene esa necesidad de convencerse a sí mismo de algo… mala señal.

Y el partido, ciertamente, empezó mal. Nos pusimos tres goles abajo, aunque, por fortuna, no nos desconcertamos ni perdimos el ánimo. Había mucho partido por delante, apretamos y conseguimos remontar. Yo marqué dos goles, quizá los más importantes de toda mi carrera, y nos pusimos 6-6.

A medida que avanzaba el partido nos fuimos creciendo. Jugábamos bien, quizás mejor que los italianos, pero no conseguíamos distanciarnos, marcar la diferencia, y nos vimos abocados a la prórroga. ¡A tres prórrogas!, lo que denota la igualdad que existía. Yo lo intenté de muchas maneras: probé varios lanzamientos, pero en vano. Y, para colmo, de tanto intentarlo, pasé a la posteridad como el autor de un palmeo de Miqui Oca que dio en el larguero en una de las prórrogas. Era el gol que nos habría puesto por delante, y no dejó de ser una jugada desgraciada más, la hubiese protagonizado quien la hubiese protagonizado.

En estas situaciones, cualquier acontecimiento fuera de lo normal suele provocar la desconcentración del equipo afectado por él. Y el fuerte golpe que recibió Manel en una ceja en una de las prórrogas, que le hizo sangrar mucho, nos pudo afectar. No pretendo acusar a los italianos de practicar aquel juego antideportivo para minar nuestra moral. Si realmente fue así, que pese en su conciencia. El caso es que aquel incidente y cuando intenté acercarme a ver qué le había pasado enseguida me echó de allí, de unas malas maneras impropias de él; “¡Vete de aquí!, no me pasa nada. Concéntrate“.

Aunque lo que realmente determinó nuestra derrota en aquel partido fue la mala estrategia en la última jugada. Ahora parece muy fácil de decir, pero en aquel momento algunos ya lo advertimos. Teníamos a Manel, que conocía perfectamente a aquellos jugadores, y en aquel momento decisivo no lo aprovechamos. Al final de la segunda prórroga, los árbitros pitaron un penalti a nuestro favor. Pese a lo determinante del momento y el gentío que llenaba las instalaciones, a Manel no le tembló el pulso: lo lanzó y lo colocó en la escuadra, sin dar opción al portero.

Así no poníamos un gol arriba, a menos de un minuto de posesión. Los italianos pusieron el balón en juego y Matutinovic nos ordenó defender en pressing. Y así lo hicimos. Con tan mala fortuna que el árbitro expulsó a Jordi Sans al considerar ilegal su marcaje a Ferretti, el mejor italiano. Hicieron hombre de más, en lo que eran unos auténticos especialistas, y volvieron a empatar el partido.

Si en aquel momento hubiésemos defendido en zona o nos hubiésemos centrado en el marcaje de los hombres que realmente eran peligrosos, quizás habríamos ganado, porque al menos había tres italianos en la piscina que no habrían marcado gol a Jesús. Pero la historia no se escribió así. Los italianos forzaron la tercera prórroga, marcaron, se sucedieron un par de errores nuestros, ellos aprovecharon la situación y ya no tuvimos nada que hacer. Fue un gran partido, eso no nos lo quita nadie.

Tan grande como emocionante, con jugadas históricas de Chiqui, de Chava… Giros espectaculares en la boya acompañados de goles no menos notables. Y Manel estuvo colosal, lanzando al equipo para delante. Yo hice también lo que pude. Marqué tres goles e intenté marcar e definitivo, pero sin suerte. Ese es el sinsabor personal que siempre me quedará de aquella final. Matutinovic me había dicho, con insistencia, que yo marcaría el gol que nos haría ganadores. No sé si se lo dijo también a alguien más, aunque ahora veo perfectamente que era una manera de motivarme. El caso es que yo entonces le creí. Y, claro, ni marqué aquel gol ni fuimos campeones.

Desde entonces, el waterpolo ha evolucionado muchísimo, y los que tiene la ocasión de ver ahora aquel partido y están familiarizados con el juego actual se llevan una sorpresa al ver que es mucho más estratégico y más lento. Ahora se juega mucho más rápido. Lo que no ha perdido el partido es ni su tensión ni su emoción. Ni la tristeza de la derrota. Al final, ya fuera del agua, lloré muchísimo. Así es como aparezco en muchas fotos de aquella final.

(pág 80-89-90)

pedro-garcia-aguado

Extracto del libro “Mañana lo dejo” de Pedro Gª Aguado, Editorial Amat

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